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Estoy construyendo Cleus desde Chile

No sé exactamente en qué momento nació Cleus.
Supongo que, como muchas cosas importantes, no nació en un solo día.
Antes de Cleus ya llevaba años emprendiendo. Había construido negocios algunos con un poco de exito y otros un total fracaso, vendido productos, administrado operaciones y, poco a poco, también había comenzado a meterme cada vez más en el mundo del software.
Me gustaba construir cosas.
Pero hay una diferencia entre construir software porque puedes y construir algo porque existe un problema que vale la pena resolver.
Cleus nació cuando empecé a mirar con otros ojos una realidad que conocía desde hacía mucho tiempo: las iglesias.
Me parecía extraño que una organización que mueve personas, recursos, actividades, proyectos y dinero pudiera depender de tantas herramientas desconectadas entre sí.
  1. Una cosa para las personas.
  2. Otra para las donaciones.
  3. Otra para las finanzas.
  4. Otra para las comunicaciones.
Y, muchas veces, una buena cantidad de planillas de Excel en el medio.
Pero al principio ni siquiera estaba pensando en construir una empresa.
Estaba pensando en resolver un problema.
Y esa diferencia es importante.
Porque cuando uno empieza un proyecto, normalmente imagina el producto que quiere construir. Con el tiempo aprende que el verdadero trabajo consiste en descubrir qué problema vale la pena resolver y cuánto está dispuesto alguien a pagar para que lo resuelvas.
Eso es algo que todavía estoy aprendiendo.
Cleus comenzó como una idea.
Después se convirtió en código.
Después aparecieron los primeros usuarios.
Después aparecieron los pagos.
Y cuando aparecieron los pagos, descubrí que el problema era bastante más grande de lo que había imaginado.
Una donación no es simplemente alguien que presiona un botón.
Detrás hay una iglesia.
Hay un donante.
Hay un medio de pago.
Hay una transacción.
Hay estados.
Hay comisiones.
Hay bancos.
Hay conciliaciones.
Hay donaciones recurrentes.
Hay errores.
Hay webhooks.
Hay cosas que funcionan y otras que, inexplicablemente, dejan de funcionar en producción.
Y ahí empezó realmente Cleus.
No cuando tuve el nombre.
No cuando escribí la primera línea de código.
Sino cuando entendí que estaba entrando en un problema mucho más grande.
Con el tiempo, Cleus empezó a crecer.
Comencé integrando diferentes proveedores de pago. Mercado Pago, Conekta y otros sistemas comenzaron a plantear nuevas preguntas.
Cada país tenía una realidad distinta.
Cada proveedor tenía su propia forma de procesar pagos.
Cada integración funcionaba de manera diferente.
Y entonces apareció una idea que terminó influyendo profundamente en cómo estoy construyendo Cleus:
Cleus no debería depender de un único proveedor de pagos.
La iglesia debería poder conectarse con la infraestructura de pagos disponible en su propio país.
Eso abrió un problema técnico mucho más complejo, pero también una posibilidad mucho más grande.
Cleus dejó de ser simplemente una aplicación.
Empezó a convertirse en una capa entre las iglesias y diferentes sistemas financieros.
Y mientras construía todo eso, apareció otro problema que ninguna línea de código podía resolver por mí.
¿Quién va a pagar por esto?
Porque construir un producto es una cosa.
Conseguir que alguien lo use es otra.
Y conseguir que alguien pague por él es otra completamente distinta.
Durante el proceso empecé a cuestionarme muchas cosas.
¿Debo ofrecerlo gratis para conseguir las primeras iglesias?
¿Debo cobrar desde el principio?
¿Estoy construyendo lo que realmente necesitan?
¿Estoy resolviendo un problema importante o simplemente construyendo algo que me parece interesante?
Todavía no tengo todas las respuestas.
Y probablemente ese sea el motivo por el que decidí empezar a escribir.
No quiero esperar a que Cleus sea una empresa grande para contar una historia perfectamente editada donde todo parezca haber tenido sentido desde el principio.
La realidad es que no ha sido así.
Ha habido decisiones equivocadas.
Integraciones que han fallado.
Problemas en producción.
Cambios de dirección.
Horas revisando logs.
Ideas que parecían excelentes y después dejaron de parecerlo.
También ha habido avances.
Y, sobre todo, ha habido una pregunta que sigue acompañándome:
¿Puede una persona construir desde Chile una empresa de tecnología capaz de ayudar a las iglesias de distintos países?
No sé la respuesta.
Todavía estoy construyendo.
Todavía estoy aprendiendo.
Y todavía estoy tratando de descubrir hasta dónde puede llegar Cleus.
Pero decidí documentar el recorrido.
Esta es la historia de ese intento.
Bienvenido a Construyendo Cleus.

Matt

Founder of Cleus