La idea detrás de Cleus
Hay ideas que aparecen porque alguien se sienta frente a un cuaderno y decide que quiere crear una empresa.
Cleus no nació así.
No hubo un momento en que dije:
“Voy a crear una empresa de tecnología financiera para iglesias y llevarla a varios países”.
Si hubiera sabido en qué me estaba metiendo, probablemente habría necesitado un café más fuerte.
La verdad es que Cleus comenzó con una sensación.
Una pregunta que empezó a quedarse dando vueltas en mi cabeza.
¿Por qué las iglesias siguen teniendo tantos problemas para administrar algo tan importante como las donaciones?
Las iglesias son comunidades vivas.
- Mueven personas.
- Organizan actividades.
- Administran recursos.
- Sostienen proyectos.
- Ayudan a familias.
- Envían misioneros.
- Construyen templos.
Y, cada semana, reciben dinero que representa algo mucho más profundo que una simple transacción.
Representa la confianza de las personas.
Su generosidad.
Su fe.
Su deseo de contribuir a algo que consideran más grande que ellas mismas.
Y, sin embargo, cuando miraba la tecnología disponible, muchas veces veía lo mismo.
Planillas.
Transferencias.
Comprobantes enviados por WhatsApp.
Sistemas desconectados.
Información repartida en diferentes lugares.
Procesos manuales.
Y pensé:
Esto podría hacerse mucho mejor.
No quería construir tecnología por el simple hecho de construir tecnología.
Quería resolver algo real.
Algo que estuviera ocurriendo todos los días.
Y entonces apareció la primera idea.
¿Y si donar fuera más simple?
Imaginé a una persona entrando desde su teléfono a una página de su iglesia.
Eligiendo un fondo.
Escribiendo el monto.
Realizando el pago.
Listo.
Pero, como descubriría poco después, las cosas siempre parecen más simples desde afuera.
Porque una donación no termina cuando alguien presiona un botón.
En realidad, ahí comienza todo.
¿El pago fue aprobado?
¿Fue rechazado?
¿El dinero llegó realmente?
¿A qué fondo pertenece?
¿Quién realizó la donación?
¿Fue una donación única?
¿Es recurrente?
¿Cuánto dinero recibió la iglesia después de las comisiones?
¿Y qué ocurre si el proveedor de pagos falla?
Detrás de una pantalla aparentemente sencilla existía todo un mundo que nadie veía.
Y mientras más profundizaba, más interesante se volvía.
La idea comenzó a crecer
Al principio pensé que podía construir algo pequeño.
Un sistema.
Un país.
Un proveedor de pagos.
Un problema.
Pero rápidamente apareció una realidad que cambió mi forma de pensar.
Los países funcionan diferente.
Los medios de pago son diferentes.
Las regulaciones son diferentes.
Los proveedores son diferentes.
Lo que funciona en Chile no necesariamente funciona en México.
Lo que funciona en México no necesariamente funciona en Colombia.
Y lo que funciona en Latinoamérica puede no tener absolutamente nada que ver con África.
Entonces apareció una pregunta que cambiaría el rumbo de Cleus:
¿Por qué una iglesia debería depender de que Cleus trabaje con un único proveedor de pagos?
¿Por qué una iglesia en Chile tendría que funcionar exactamente igual que una iglesia en México?
¿Por qué yo debería obligar a todas las iglesias a utilizar la misma infraestructura?
La respuesta parecía obvia.
No debería.
Cleus tenía que adaptarse.
No al revés.
Y en ese momento la idea dejó de ser pequeña.
Ya no era solamente un botón de donaciones
Empecé a imaginar algo diferente.
Una iglesia en Chile podía utilizar un proveedor.
Una iglesia en México podía utilizar otro.
Una iglesia en Colombia podía conectarse con una infraestructura diferente.
Y Cleus estaría en el medio.
La iglesia no tendría que preocuparse por entender cómo funciona cada sistema.
No tendría que construir su propia integración.
No tendría que convertirse en experta en pagos.
Cleus podía encargarse de esa complejidad.
Y fue en ese momento cuando algo hizo clic.
Tal vez no estaba construyendo simplemente una plataforma de donaciones.
Tal vez estaba construyendo la infraestructura que conectaría a las iglesias con el sistema financiero de cada país.
La idea comenzó a ser mucho más grande.
Y también mucho más difícil.
Porque tener una gran idea es entretenido.
Construirla es otra historia.
Todavía no sabía si funcionaría
En ese momento no tenía clientes haciendo fila.
No tenía inversionistas.
No tenía un equipo de cien personas.
Tenía una idea.
Un computador.
Y una pregunta que todavía no podía responder.
¿Realmente puedo construir esto?
No sabía cuántas iglesias usarían Cleus.
No sabía si estarían dispuestas a pagar.
No sabía cuánto tiempo tomaría.
No sabía cuántas veces tendría que cambiar de dirección.
Y, definitivamente, no sabía cuántos errores me esperaban.
Pero había algo que sí sabía.
No iba a descubrir la respuesta pensando más tiempo.
Tenía que construir.
Así que comencé.
Escribí las primeras líneas de código.
Creé los primeros modelos.
Construí las primeras pantallas.
Empecé a convertir una idea que solo existía en mi cabeza en algo que otras personas podían abrir en una pantalla.
Y ese fue el verdadero comienzo de Cleus.
No el nombre.
No el dominio.
No el logo.
No la empresa.
El primer momento en que una idea dejó de ser una idea y empezó a convertirse en algo real.
Todavía no sabía hasta dónde podía llegar.
Todavía no sabía que después llegarían los webhooks, los pagos recurrentes, Mercado Pago, Conekta, otros países, nuevos proveedores y problemas que en ese momento ni siquiera sabía que existían.
Solo sabía una cosa.
Había encontrado algo que quería construir.
Y decidí intentarlo.
Porque a veces una empresa no comienza cuando tienes todas las respuestas.
A veces comienza cuando encuentras una pregunta que ya no puedes dejar de hacerte.
Para mí, esa pregunta fue:
¿Y si las iglesias pudieran tener una infraestructura tecnológica y financiera diseñada realmente para ellas?
Cleus nació intentando responderla.